29.4.12

Un beso eterno.


Otro día más sin saber de él. Sé que pronto estará de permiso y compartiremos una semana. La más deseada por mí. Pero volverá a irse, y volveré a echarlo de menos.
Los días se hacen largos y ásperos al contacto con mi piel. El calor que él me proporcionaba huyó junto con su equipaje de mano.
Al principio nos mandábamos cartas y me llamaba siempre que podía. Luego, como las cartas ocupaban gran parte del tiempo que no podía desperdiciar, dejaron de llegar. Ya tan solo nos quedan llamadas contadas al mes, pero mejor que nada es.
No dejo de derramar lágrimas cada vez que contemplo este atardecer que desgasta su color al perderse en el horizonte. Y todo porque sé que volveré a dormir sola, sin sus caricias, sin sus labios sabor a caramelo, sin su perfume que embriaga mis sentidos al aspirarlo sin querer, sin su oscura mirada... .
Cada vez que veo el sueño del sol me recuerda a aquel día que partió de mi lado. Una despedida dura, insoportablemente dolorosa. Ocurrió todo tan rápido que no me hice a la idea de que la distancia se convertiría en nuestra mayor enemiga, y cuando el día llegó, no supe como reaccionar. Sabía que lo volvería a ver y, sobre todo, que su corazón era mío, pero aún así el dolor quemaba mi interior.
La melancolía me visita a diario cuando me dedico a ver nuestras fotos o recuerdo momentos vividos, aquí, en el porche de nuestro humilde hogar, en nuestro escaparate con vistas al mar.
Infinitas veces nos dejamos llevar por la pasión en este lugar, en el que ahora lo único que quedan son recuerdos que entristecen lo que un día para mí era la más pura felicidad.
Queda aún una semana para que regrese y no puedo esperar. Los minutos de mi reloj se burlan de mí, caminan más despacio para que no llegue la hora de volver a besarlo. Y yo desespero, estoy inquieta, no sé qué hacer para que el tiempo pase rápido. Así que lo que siempre hago es esperarlo con mi café mirando el infinito y tranquilo mar, recordando nuestro primer beso en el mar, cuando me pidió salir por la noche en la playa y aquellos momentos de los que la luna es confidente.
Decido acercarme a la playa y darme un baño, pues aunque comienza a anochecer, el ambiente trae el calor que mi cama no consigue darme.
En la playa caminan varias personas, otras se bañan y otras se dedican a reír en las toallas. Dejo la mía a un lado y me meto en el mar. El baño me relaja y desde allí contemplo a la gente. Algunos se van, otros vienen, como todo en la vida.
Cuando llevo un rato me decido a salir. Recojo mi toalla y comienzo a secarme el pelo y el cuerpo mientras camino hacia mi casa. Desde la playa se ve la vaya de madera de mi jardín. Fue una verdadera suerte encontrar esta casa tan cerca de la costa, en un lugar donde no hay vecinos ni construcciones cercanas. Siempre deseamos vivir en un lugar aún virgen, y lo encontramos.
Subo las escaleras y vuelvo al porche, a ahogar mi melancolía en el café.
Mi corazón late ferozmente, incontrolable. Una silueta de un hombre contemplando el mar desde mi casa. Es él...¡es él!. Pero, ¿Carlos llegaba la semana que viene?. Tiro la toalla, tiro mi razón y mi alma al suelo y corro tan solo con el corazón. Se gira sonriendo justo al escucharme gritar su nombre. Está tan guapo con ese uniforme que me aleja de él... .
Cuando caigo en su trabajado cuerpo nos fundimos en un beso que hace arder el cielo con su último rayo de sol.
-Eres más preciosa de lo que te recordaba- me susurra al oído y comienza a darme besos por el cuello.
No soporto más y mis ojos comienzan a derramar lágrimas.
-¿Por qué lloras?, estamos de nuevo juntos.
-Porque he recuperado la sensación de estar viva, y porque sé que volveré a perderla en una semana.
-No vas a perder nada, mi amor. Sabes que me tienes loco y que solo vivo por ti. Eres la mujer de mi vida y siempre lo serás. Le demostraremos a la distancia que nacimos compartiendo el mismo corazón.
Y me vuelve a besar, haciéndonos más fuerte, fundiendo nuestros cuerpos , y sintiendo que es verdad, que este sentimiento eterno no podrá destruirse con nada.

25.4.12

Testigo de la noche.

No me queda más aliento, pero el miedo no me deja parar. Llevo corriendo mucho tiempo, desde que pasé por aquella calle oscura.
No aguanto, mi cuerpo está sin fuerzas. No sé a dónde ir, no sé qué paso doy en falso y cual no.
Miro hacia atrás. Ahí están, siguen tras de mí. ¿Qué quieren?. Son más rápido que yo, pero debo intentarlo. Mi corazón late a una velocidad anormal, desbocado como un caballo al galope.
No sé dónde estoy, pero parece un barrio poco seguro, además todas las calles están vacías. Es normal, son las cuatro de la mañana.
Están demasiado cerca, y sin pensarlo giro a la derecha, en vez de seguir alante.
¡Mierda! es una callejón sin salida. ¿Qué hago?. Intento retroceder mis pasos y coger otro camino, pero demasiado tarde.
-¡Eh!, preciosa. ¿Por qué huyes?, no queremos hacerte daño.
-No tengas miedo, solo queremos jugar un poco.
Apestan a alcohol y seguro que están colocados. Me cogen ambos. El más joven de los dos intenta besarme de una forma agresiva.
-¡No!- grito con todo el aliento que me queda- ¡dejadme en paz!
Busco las fuerzas de donde no las tengo y lo aparto de mi, empujándolo. Pero no sirve de nada, se vuelve a abalanzar sobre mí, y esta vez los dos. Uno, por la espalda, me sujeta los brazos, el otro me comienza a quitar los vaqueros.
Le pego una patada en la entrepierna, aunque se que va a ser peor. Y, efectivamente, lo es. Cuando se recupera del golpe me pega un puñetazo en el labio, que comienza a sangrar. El que tengo atrás comienza a darme besos por el cuello, mientras que el más mayor me sigue quitando los pantalones.
No sé qué hacer, ya no tengo esperanza de salir de esta sana y salva. ¿Me dejo llevar?, así no seré más dañada y ellos, de todas formas, se saldrán con la suya.
¡No!, ¡No quiero que me toquen!. Me vuelvo a revolver entre los brazos de los dos depredadores de la noche.
-¡Quédate quieta!, será mejor para todos- dice el de atrás.
El otro, que ya ha logrado quitarme el pantalón, se dedica a besarme las piernas y los muslos. Es repulsivo. Le pego un rodillazo en la cara y seguidamente le pego una patada al otro en la entrepierna. ¡Me he librado al fin!, pero no por mucho tiempo. Comienzo a correr de nuevo, pero antes de salir del callejón ya me ha alcanzado uno de ellos, que se abalanza sobre mí y me tira al suelo, raspándome con el hormigón de la acera.
Me da la vuelta y comienza a pegarme en la cara y en el cuerpo. El aire me trae el olor de mi sangre y las fuerzas se devanecen.
Comienza a sobarme, me quita la camiseta y el sujetador. Comienza a morderme los pechos violentamente. y empieza a quitarse el pantalón.
Las lágrimas se derraman uniendose con la sangre de mi rostro.
-No llores, preciosa. Vamos a pasarlo bien los dos. Disfruta- y me sonríe con sus dientes amarillos y podridos del tabaco.
Me termina por desnudar y me viola bajo la vista del compañero, que ríe contemplando la escena.
Fijo mi mirada en la luna, que se sitúa coronando los edificios de la ciudad. ¡Quién pudiese ser como ella!, intocable, expléndida... .
-Venga, te toca. Es fácil de manejar, no tiene mucho trabajo.
Se sienta encima de unos cubos de basura abandonados en esté sucio callejón, y comienza a liarse un porro.
Con las pocas fuerzas que me quedan y sintiéndome sucia por dentro y por fuera, comienzo a arrastrarme para salir de esta pesadilla, aunque sé que no llegaré a ninguna parte.
El amigo me ve y se dirige hacia mí.
-¿A dónde crees que vas?- me coge de las piernas y me arrastra hasta donde me encontraba antes. Empieza a pegarme patadas en los costados.
-Venga, déjala ya. Si no puede defenderse. Termina rápido, que quiero irme lo antes posible.
Este obedece y comienza a bajarse los pantalones. Se tumba sobre mí y vuelven a violarme. La luna, testigo y pasiva de lo ocurrido, comienza a desaparecer del cielo poco a poco.
Cuando acaba, se viste de nuevo. Me pega una última patada, que ya no siento. El otro se agacha a mi lado y me besa de nuevo.
-Buenas noches, princesa.
-¿Un tiro?
-No, hace demasiado ruido.
Se dirigen hacia mí y comienzan a pegarme haciéndome derramar muchísima sangre.
Noto mi cuerpo convertirse en tierra, y lo último que realizo con mi destrozado y extraño cuerpo es mirar, con los ojos llenos de lágrimas, la luna, que, temiendo por la escena que ha vivido, desaparece de la noche, como yo desaparezco del mundo.

M.A


-Entonces, ¿hay trato?
-Claro. Sabéis que soy capaz de lograrlo. No quiero que me subestiméis.
-No esperábamos otra cosa de ti. Te daremos el pago tras realizar el trabajo.
-De acuerdo. Ahora, largaos, quiero trabajar tranquilo.
Los dos obispos se retiraron de la sala y lo dejaron solo. Sabía que era un gran reto que otros muchos no quisieron aceptar, pero él era superior a ellos. Lo sabían todos, y él también.
Se enfrentó a lo que sería su nueva obra de arte. Su nuevo mérito. Todos hablarían de su trabajo y de él, una vez más.
El dinero era importante, claro, y la cantidad era muy elevada, pero lo que más ansiaba era ver hasta dónde podía llegar, cuán capaz era de expresarse y mejorar sus técnicas.
No tenía miedo a realizar un mal trabajo, pues sabía perfectamente que no sería así. ¡Por favor!, no era más que el grandioso Miguel Ángel, el artista más reconocido de Italia en sus tiempos.
Contempla el bloque de más de cinco metros de altura de mármol que tiene ante él, algo dañado por el intento de esculpir sobre él otros escultores. En su mente comienza a trazar líneas imaginarias de lo que será su obra. Comienza a darle forma al bloque, sin tocarlo. Ve la mirada del personaje que va a realizar, sus músculos perfectamente marcados. Un cuerpo insuperable, capaz de enamorar un corazón.
No será fácil, ni un proceso rápido. Pero tiene el tiempo que desea y ganas interminables de comenzar y acabar con el proyecto.
Una vez que ya tiene la forma de su escultura en la cabeza, se enfrenta al mármol sin forma determinada. Su talento y seguridad es tal, que ni siquiera realiza un boceto, una figura de cera o de yeso a escala real, como solían hacer otros escultores de la época. No necesita perder el tiempo en esto, sabe qué quiere y cómo lo va a hacer, su único boceto está en su cabeza, en su talento de nacimiento.
Suspira hondo y con un “comencemos” ordenado solo para él, comienza a proyectar en el frío mármol la imagen de su mente.
Empieza por la cabeza. Es una altura considerable, pero el vértigo no le llama, pues está completamente metido en su trabajo, sin mirar a su alrededor, sin apartar la mirada del mármol de carraca.
Una mirada penetrante, segura. Un rostro de un hombre fuerte, tenso por la acción que va a realizar. Miguel Ángel, con el sudor en la frente, sigue tallando la cabeza de la figura.
Alguien entra en la estancia, pero Miguel Ángel no deja el cincel, no aparta la mirada.
-Señor, ¿necesita algo? ¿ayuda?- pregunta un pobre joven mandado para satisfacer las necesidades del maestro. Este le trata con el mayor respeto, e incluso con miedo, pues sabe cual es el carácter del escultor.
-¡Largate, estoy trabajando!- su grito llena la estancia y atemoriza al chico, el cual sale corriendo del lugar.

Pasan los días, los meses... . Miguel Ángel sigue con el cincel en mano. El cuerpo de la escultura mantiene una diartrosis muy acentuada, un cuerpo perfecto de un joven fuerte, valiente. El contrapposto refleja su serenidad y su estado de seguridad. Sabe que es fuerte, que va a vencer, al igual que el escultor sabe que su obra será muy reconocida y admirada.

Al cabo de dos años, Miguel Ángel admira su obra desde el suelo. Es una escultura monumental, hecha para admirarla. El David representa la seguridad, la tensión, la fuerza de un hombre joven dispuesto a luchar y a vencer. Su cuerpo es perfecto, aquel que el escultor sueña con poseer. Lo admira desde todas los puntos de vista posible. Si, realmente bello.
Dejando al David sin Golliat en la sala a solas, se aleja poco a poco para anunciar el fin de su trabajo.
Cuando los papas comienzan a llegar a la estancia y se acercan poco a poco, desde el pasillo que da a la sala contemplan una figura en el centro de la puerta. Ven un cuerpo de espalda perfectamente tallado y pulido. Una espalda musculosa, unos glúteos fuertes y unas piernas poderosas.
Cuanto más se acercan, más se maravillan.

Sitúan tal obra en la Piazza della Signoria. Allí la rodea multitud de personas curiosas que desean con ansia conocer el nuevo trabajo del maestro. Todos la contemplan, la admiran, desde cualquier punto de vista es perfecta. Miguel Ángel, desde un lugar apartado y discreto de la plaza, admira su trabajo y la impresión causada. Si, ahí está, la escultura que nadie se atrevió a realizar terminada por él. Se da media vuelta orgulloso por haberse superado en su trabajo. Piensa en su padre, el cual no quería que se dedicase al arte. No, él nunca se equivocó en su camino. Él lo sabe y ellos también.

24.4.12

Un suspiro de desconsuelo

Nuevo relato entregado al concurso de literatura de mi instituto. Espero que os guste.


La luna penetra por mi ventana, haciendo reflejo en el agua de mi vaso colocada al lado de la botella vacía de whisky. Hace parecer más vacía y mojada el agua que descansa en el fondo de mi vaso, mas contrasta, dando algo de calor a la habitación y mi vida, la ardiente chimenea a los pies de la roja alfombra.
¿Cuántas vidas muertas encerradas en las páginas de los cientos de libros que duermen, entre polvo, en mis estanterías?... sentimientos contradictorios en la misma persona, cariños regalado entre otros, y muchos abandonados a su suerte, solos, moribundos, como yo, como mi destrozado corazón.
Desearía beber algo más de whisky y ahogar las penas con su ardiente paso por mi cuerpo, pero la botella está vacía, como mis ojos, secos de tantas lágrimas derramadas por mi habitación.
No soporto la idea de haberla perdido, de no escuchar su voz, mas aún la oigo por las esquinas de mi casa y por los rincones de mi corazón.
Miro el reloj y, dado cuenta de que la noche dormía mientras yo la acogía en mi soledad (pues día y noche para mí son sinónimos de desesperación), decido descansar mi joven y envejecido cuerpo en la cama que se me antoja extraña y lejana.
Intento incorporarme, pero no puedo. Mi cuerpo no responde. ¿Habré muerto al fin?...no, mi corazón late y mis sentimientos siguen vivos.
Una voz. En el pasillo se oye una voz, un eco que conozco, un tono que echo de menos. Suena lejos y a la vez cerca. Siento miedo, confusión, pero a la vez me siento bien, como antes.
Susurra mi nombre. Williams...Williams... . Cada vez más cercano, cada vez más real. Acompañada por la voz, una imagen. ¡Es ella!, ¡Elisabeth! ¡Mi amor!. ¡Oh!, cómo la he echado de menos, cuanto añoro sus labios, su cuerpo, su mirada... . Es ella, sin duda.
La distancia entre los dos es pequeña; más cerca que mi desolación está.
La luz de la chimenea traspasa su imagen, dándole un color añadido, devolviéndole vida a alguien muerto.
Aún susurra mi nombre. Una vez, dos, tres... . Ha dejado de hablar, ahora tan solo sonríe. Una preciosa pero a su vez escalofriante sonrisa.
Mi corazón por unos segundos cesa de latir. Ella está aquí, conmigo... .
-Elisabeth, mi amor...-le hablo apenas con un leve susurro.
Ahora sonríe aún más. Da pequeños pasos hacia mí, apenas levitando sobre el suelo, como un fantasma.
Me acaricia mi cara con sus pálidas manos, una caricia en mi cuello.
Su expresión cambia de golpe. No es la chica dulce de la que me enamoré. Sus tiernos ojos se esconden tras otros de un extraño color a muerte, su alisado rostro se vuelve en un complicado relieve de retorcidas arrugas, sus dientes afilados desgarran la carne con tan solo verlos.
Se abalanza sobre mí y clava sus uñas inmateriales, como todo su ser, en mi cuello. Acerca su monstruoso rostro al mío, desencajado por la escena. Abre sus labios, clava sus tenebrosos ojos en los míos cansados, y grita. Grita más de lo que nunca escuché. Un grito agudo, muy agudo, como el chirriar de una puerta metálica, pero elevando la intensidad.
Ese sonido penetra en mis oídos llegando a mi cerebro, el cual no aguanta el sonido y desconecta, quedándome inconsciente en el sillón de mi abandonado cuarto.

Mi mente no deja de ser un agujero negro que me va consumiendo por dentro hasta hacerme desaparecer, y ya no queda casi nada de mi existencia. A mi lado está ella que se burla de mi desaparición. Emite unos ruidos guturales que se hacen pasar por una extraña risa. En su mano sostiene mi humilde corazón que fue engañado por su aparente inocencia. Lo aprieta queriendo exprimir la más mínima gota de sangre, que ya no recorre mi cuerpo. Este agujero sin fin que comenzó en el centro de mi pecho, no deja rastro de mí. Ella me lanza el corazón inerte y se aleja en la oscuridad de mi mente.

Cuando despierto sigo en el sillón. El día sobrevoló mi casa, sin querer dejarse ver. La chimenea se consumió cual suspiro de mi agotada y dañada alma.
La cabeza me da vueltas. Recuerdo la imagen de ella jugando y lanzándome mi corazón. Me toco el pecho y ahí está, latiendo sin sentido, sin ganas, vacío de emoción y de sentimientos.
Levanto con poleas imaginarias mi derrotado cuerpo y me dirijo a la estantería para intentar abastecer mis largas y rutinarias horas con alguna historia que algún autor deseó que disfrutara con sus relatos.
Cuando observo detenidamente y le quito el polvo a los cantos de diversos colores de mis libros, encuentro entre ellos un antiguo puzzle que no tiene una imagen clara de lo que quiere que realice, pero me vende distracción durante largo tiempo. Lo recojo entre mis manos y le limpio el polvo de la desgastada caja de cartón que contiene las piezas.
Desalojo mi escritorio de aquello que me pueda molestar en mi siguiente faena y destapo el juego de mesa. Paso unas horas descubriendo que pieza sigue a la otra hasta que comienzo a encontrarle una formas más o menos concreta a la imagen, y para mi asombro compruebo que tiene un gran parecido con la habitación en la que me encuentro. Aparece una figura de alguien, que aún no encontré la cara entre tantas piezas que contiene, en el centro. A su izquierda, en el fondo, aparece una ventana con unas cortinas de la misma tela que la mía, pero aún no he terminado de poner el interior de esta. Al otro lado mi estantería. Me llama la atención la imagen, pero sera algún puzzle personalizado que alguien me regaló y olvidé su existencia entre mis paredes.
Sigo con las pocas piezas que me quedan, con más interés cada vez por acabarlo y ver la imagen final de este cartón impreso. Encuentro las piezas que hacen referencia a mi cara. Estoy mirando a la mesa, como ahora. Concentrado en una tarea que no comprendo bien cual es. Mi corazón late rápido y mis latidos se escuchan en mis oídos, ahogando todo ruido existente a mi alrededor.
Ya tan solo me quedan situar esas piezas que hacen referencia a la ventana. La última que me queda por encajar es la que refleja una sombra. Me acerco para ver si puedo llegar a descifrarla. Parece una mujer ahorcada. Sus rasgos son semejantes a los de Elisabeth. Tiene la mirada desencajada y el cuerpo lánguido. Asustado, retrocedo hacia atrás un par de pasos. Miro de reojo la ventana y veo una sombra tambaleándose al son del viento. Aterrorizado más que antes busco consuelo en el puzzle, pero este tiene un pequeño cambio. Algo que me hace estremecer. La figura de la mujer de la ventana, cuyas finas características me recuerdan a Elisabeth, ha cambiado la dirección de su mirada Antes miraba hacia abajo, ahora me mira fijamente, con una mirada de rencor, dirigida expresamente a mí. Miro a la ventana, esta vez directamente, y allí está, el cuerpo de la imagen, el cuerpo de Elisabeth mirándome desde la fría oscuridad de la noche exterior. Su sereno rostro vuelve a reflejar a aquel monstruo que me aterrorizó y volvió a gritar con ese agudo grito desde el otro lado del húmedo cristal. Comienza a golpear fuertemente el cristal hasta romperlo; Surge una fuerza emanada de ella con tal intensidad que me obliga a dirigirme hasta ella, contra mi voluntad. Una vez en frente me hace caer por la altura del segundo piso de mi solitaria y maldita casa, dejando mi cuerpo inerte en el vivo suelo, que me acoge entre su dureza y frialdad, quitándome la vida que un día guardaba como un tesoro, pero que últimamente se debilitó como una enfermedad apaga a cualquier anónima vida. Hago mi última reflexión sobre el interés de mi amada por destrozarme por dentro y por fuera de mi ser, y aún no encuentro la respuesta, pero ya no me queda tiempo, y sobre el manto de sangre que calienta mi fallecido cuerpo lanzo mi último suspiro.

22.4.12

La tarde que soñé

Siento un escalofrío ensordecedor recorrer mi cuerpo, como un pequeño mensajero que me advierte de algo que va a suceder. Y así es, voy a recibir mi primer beso.
Llevo años soñando con él y, a menudo de chica, jugaba a que un chico imaginario besaba mis pequeños labios.
Y ya llegó ese momento. No sé si lo haré bien, la verdad, pero confío en mí. Tengo que estar segura y hacerlo lo mejor que pueda.
El chico es perfecto, el amor de mi vida. Llevo colada por él dos años, y al fin se dió cuenta de mis sentimientos, y me correspondió.
Es guapo, simpático, inteligente, cariñoso... . También queda destacar que tiene cinco años más que yo. Mientras que él cursa tercero de carrera, yo aún estoy en cuarto de eso. Pero ¿qué le vamos a hacer?, si el amor llamó a nuestras puertas, sucedió y no hay por qué quejarse.
Dani acerca sus tiernos labios a los míos, los acaricia. Hace latir mi corazón lo más rápido posible. Parece que se va a escapar de mi pecho y estrellarse contra el suyo.
Introduce suavemente su lengua en mi boca, y busca la mía. Cuando al fin la encuentra, juguetea con ella como lo hace las alas de una mariposa con el viento. Mi lengua comienza a perder la timidez y se une al juego.
Él tiene los ojos cerrados y yo, enloquezco ante tal sabor. Lo acabo de probar y ya es como un dulce veneno que quema mis labios, como un pecado depositado en mi paladar, cálido y suave.
Cierro los ojos también y me concentro en sus labios, en su olor y en mis sentimientos.
Acaricio su ondulado pelo castaño con mis manos mientras que las suyas cuelgan de mi cintura. Me acerca hacia él y puedo sentir su perfecto cuerpo junto al mío. Se acelera el ritmo del beso y el de mi corazón.
Toca mi larga melena negra y regresa a mi cintura.
El beso pierde intensidad y separa su boca de mí. Siento como me roba mi corazón, más que antes.
Clavo mis ojos en los suyos verdes, que me miran intensamente.
Sonríe. Debe reírse de la cara de tonta que tengo.
De repente, y rompiendo la magia entre los dos, suena mi móvil. Descuelgo.
-Dime mamá...con Carmen en el parque...¡si solo son las once!...vaaaale, ya voy.
Cuelgo. Dani se ríe aún más.
-No recuerdo cuando fue la última vez que mi madre me llama para preguntarme dónde y con quién estoy.
-No te rías de mí. Al menos moriré más tarde.
Me encanta que se burle de mí con esa ternura con la que lo hace.
-Vamos pequeñaja, te llevo a casa, que tienes que descansar.
Le pego un empujón y me responde con un nuevo beso, aunque más corto que el de antes, pero tierno. Me da la mano y comenzamos a caminar hacia el coche.
Desde luego le amo, y sé que esta noche no podré dormir pensando en el beso...en mi primer beso.