25.4.12

Testigo de la noche.

No me queda más aliento, pero el miedo no me deja parar. Llevo corriendo mucho tiempo, desde que pasé por aquella calle oscura.
No aguanto, mi cuerpo está sin fuerzas. No sé a dónde ir, no sé qué paso doy en falso y cual no.
Miro hacia atrás. Ahí están, siguen tras de mí. ¿Qué quieren?. Son más rápido que yo, pero debo intentarlo. Mi corazón late a una velocidad anormal, desbocado como un caballo al galope.
No sé dónde estoy, pero parece un barrio poco seguro, además todas las calles están vacías. Es normal, son las cuatro de la mañana.
Están demasiado cerca, y sin pensarlo giro a la derecha, en vez de seguir alante.
¡Mierda! es una callejón sin salida. ¿Qué hago?. Intento retroceder mis pasos y coger otro camino, pero demasiado tarde.
-¡Eh!, preciosa. ¿Por qué huyes?, no queremos hacerte daño.
-No tengas miedo, solo queremos jugar un poco.
Apestan a alcohol y seguro que están colocados. Me cogen ambos. El más joven de los dos intenta besarme de una forma agresiva.
-¡No!- grito con todo el aliento que me queda- ¡dejadme en paz!
Busco las fuerzas de donde no las tengo y lo aparto de mi, empujándolo. Pero no sirve de nada, se vuelve a abalanzar sobre mí, y esta vez los dos. Uno, por la espalda, me sujeta los brazos, el otro me comienza a quitar los vaqueros.
Le pego una patada en la entrepierna, aunque se que va a ser peor. Y, efectivamente, lo es. Cuando se recupera del golpe me pega un puñetazo en el labio, que comienza a sangrar. El que tengo atrás comienza a darme besos por el cuello, mientras que el más mayor me sigue quitando los pantalones.
No sé qué hacer, ya no tengo esperanza de salir de esta sana y salva. ¿Me dejo llevar?, así no seré más dañada y ellos, de todas formas, se saldrán con la suya.
¡No!, ¡No quiero que me toquen!. Me vuelvo a revolver entre los brazos de los dos depredadores de la noche.
-¡Quédate quieta!, será mejor para todos- dice el de atrás.
El otro, que ya ha logrado quitarme el pantalón, se dedica a besarme las piernas y los muslos. Es repulsivo. Le pego un rodillazo en la cara y seguidamente le pego una patada al otro en la entrepierna. ¡Me he librado al fin!, pero no por mucho tiempo. Comienzo a correr de nuevo, pero antes de salir del callejón ya me ha alcanzado uno de ellos, que se abalanza sobre mí y me tira al suelo, raspándome con el hormigón de la acera.
Me da la vuelta y comienza a pegarme en la cara y en el cuerpo. El aire me trae el olor de mi sangre y las fuerzas se devanecen.
Comienza a sobarme, me quita la camiseta y el sujetador. Comienza a morderme los pechos violentamente. y empieza a quitarse el pantalón.
Las lágrimas se derraman uniendose con la sangre de mi rostro.
-No llores, preciosa. Vamos a pasarlo bien los dos. Disfruta- y me sonríe con sus dientes amarillos y podridos del tabaco.
Me termina por desnudar y me viola bajo la vista del compañero, que ríe contemplando la escena.
Fijo mi mirada en la luna, que se sitúa coronando los edificios de la ciudad. ¡Quién pudiese ser como ella!, intocable, expléndida... .
-Venga, te toca. Es fácil de manejar, no tiene mucho trabajo.
Se sienta encima de unos cubos de basura abandonados en esté sucio callejón, y comienza a liarse un porro.
Con las pocas fuerzas que me quedan y sintiéndome sucia por dentro y por fuera, comienzo a arrastrarme para salir de esta pesadilla, aunque sé que no llegaré a ninguna parte.
El amigo me ve y se dirige hacia mí.
-¿A dónde crees que vas?- me coge de las piernas y me arrastra hasta donde me encontraba antes. Empieza a pegarme patadas en los costados.
-Venga, déjala ya. Si no puede defenderse. Termina rápido, que quiero irme lo antes posible.
Este obedece y comienza a bajarse los pantalones. Se tumba sobre mí y vuelven a violarme. La luna, testigo y pasiva de lo ocurrido, comienza a desaparecer del cielo poco a poco.
Cuando acaba, se viste de nuevo. Me pega una última patada, que ya no siento. El otro se agacha a mi lado y me besa de nuevo.
-Buenas noches, princesa.
-¿Un tiro?
-No, hace demasiado ruido.
Se dirigen hacia mí y comienzan a pegarme haciéndome derramar muchísima sangre.
Noto mi cuerpo convertirse en tierra, y lo último que realizo con mi destrozado y extraño cuerpo es mirar, con los ojos llenos de lágrimas, la luna, que, temiendo por la escena que ha vivido, desaparece de la noche, como yo desaparezco del mundo.

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