27.4.15

Esa libertad...

Esa libertad anormal con la que vuela un pájaro, con la que mira un ojo sin vendas, con la que ama un corazón al galope, con la que besan los amantes encubiertos, con la que vive un pueblo humilde.

Esa libertad casi utópica por la que caminan los sueños, con la que seduce la mujer desnuda en la cabeza del hombre, con la que se desliza la mariposa en el verde jardín.

Esa libertad que apenas existe a grandes rasgos, que solo encontramos en la lluvia que golpea la ventana, con la que el tigre corre adueñándose de la densa y húmeda selva.

Esa libertad que encontramos dentro del espíritu, en los pequeños detalles, en el buen vino o en los buenos relatos.

Esa libertad que se ganó a pulso su propio nombre, que fue herida por los hombres, que aún nos deslumbra, que todavía amamos y que aún nos ama.

Esa libertad que nos visita y que perdemos cuando no queremos verla. Esa libertad. Que está, aunque no queramos tocarla por miedo a romperla, por miedo a hacerla desaparecer por siempre.

Esa libertad.

9.4.15

Para los que se desvanecen entre las nubes de las personas perdidas

Las cosas se olvidan, se pasan a otras personas, se pierden o ni si quiera recuerdas que las tenías. Lo mismo pasa con las personas.
Conoces a alguien que te cambia el mundo, pero descubres que tal como te lo ha decorado no te gusta, te aburre y lo aborreces. Así desaparece otro, cerrando y poniendo un punto y final a la puerta de tu corazón.
Sonríes, te enamoras, bailas, saltas, brillas bajo el sol y te obscureces bajo la lluvia. Otra persona; -"Hola, ¿que tal?, ¿un café?" -"Sí, pero hasta luego después".
Caminos que se separan en puntos que ni siquiera sabías que era el final. Y lo raro es que no vuelves a recordar que esa persona se perdió en tu horizonte, como ese collar que tanto te gustaba. Se desvanecen en una nube de personas perdidas.
Y al tiempo, sentada en un banco de cualquier desapercibido parque te da por pensar, y recuerdas que esa persona que hoy te es indiferente, o que ni siquiera recuerdas su nombre, o que te duele pensar en ella, un día te hizo sonreír y vibrar el corazón. Un corazón que ya se volvió loco de temblar por almas perdidas.
Te das cuentas que las cadenas y las barreras las levantas tú, y no ese maldito Dios al que maldices cada vez que te dan el último beso. Te sientes cansada de andar sin sentir cada paso o cada color de tu camino. Y es normal. Vivir en un mundo donde la música no te hace tener ganas de salir de tu cuerpo y engrandecer el alma no es un mundo en el que se quiera vivir para bailar.
Así se marchitan las caras en los recuerdos, y se olvidan los gestos, el sabor de los labios, ese olor cuando pasaba tu brazo por encima de tu hombro para coger su copa. Se olvidan las pecas, el pestañeo, los escalofríos por la espalda y las mariposas en el estomago. Se olvida como te agarraba de la mano, como te desnudaba tu interior con una simple mirada multicolor. Y sin darte cuenta, aquel que tanto te dolió en su momento y que ambos hicisteis por desaparecer acaba siendo mucho menos que un recuerdo; inexistente. ¡Una lástima!. Personas que importan y dejan de importar; sin saber por qué. ¡Cómo si el corazón y la memoria tuviese límite de amar y recordar!
Cosas extrañas de un mundo extraño, que quizá te redecoró alguien, o que tu mismo quisiste hacerlo.
El caso es que, queriendo o sin querer, las personas se olvidan, se pasan a otras personas, se pierden o ni siquiera recuerdas que las tenías. Como las cosas.