Hagamos de este poema nuestro punto de encuentro. Un lugar en el que nos sintamos cómodos para olvidar. Dónde, entre palabras, descubramos nuestros rostros y besemos nuestros nombres.
Un juego de escondite entre métrica, dónde tú me escribas y yo te alcance. Dónde yo te beba y tú me leas.
La mitad del camino de nuestra lejanía, dónde nos sea fácil huir de la vida, para vivirnos. Para sernos.
Un acercamiento metafórico. Un baile entre rimas. El juego perfecto de vidas prohibidas.
Que sea el río de dos orillas: la tuya y la mía. A contracorriente, dónde naveguen los suspiros de convertirnos en el mismo aire. Dos orillas que se abrazan cubiertas y escondidas por un poema fluvial.
Que sea el tornado de sentimientos reencontrados, vetados en sociedad, enterrados en sueños y albedríos.
Juguemos a este juego de disimular que no nos conocemos, que no nos queremos, que no nos deseamos.
Escribir un poema que despiste a la gente. Que les haga creer que está escrito a un olvido. Disimulándonos, encontrándonos vivos entre líneas. Sabiendo que somos real en ficción. Que somos el encendido de un amor silenciado.
Y releemos en noches de soledad, a oscuras y distanciados. Latiéndonos en prohibido.
Y al encontrarnos en el poema de encuentro, dejará la habitación de sentirse fría y llana. Y dejaremos que la corriente de las palabras inunden nuestro cuerpo en sequía.
Nos tocaremos en silencio, entre métrica y rima. Entre sueños y olvidos. En ficción y lejanía.