18.12.15

Nuestro poema de encuentro.

Hagamos un poema de lo nuestro. Imaginario, pero cierto. Mentiroso, pero veraz. Anclado, pero fugaz. 
Hagamos de este poema nuestro punto de encuentro. Un lugar en el que nos sintamos cómodos para olvidar. Dónde, entre palabras, descubramos nuestros rostros y besemos nuestros nombres.
Un juego de escondite entre métrica, dónde tú me escribas y yo te alcance. Dónde yo te beba y tú me leas. 
La mitad del camino de nuestra lejanía, dónde nos sea fácil huir de la vida, para vivirnos. Para sernos. 
Un acercamiento metafórico. Un baile entre rimas. El juego perfecto de vidas prohibidas. 
Que sea el río de dos orillas: la tuya y la mía. A contracorriente, dónde naveguen los suspiros de convertirnos en el mismo aire. Dos orillas que se abrazan cubiertas y escondidas por un poema fluvial.
Que sea el tornado de sentimientos reencontrados, vetados en sociedad, enterrados en sueños y albedríos. 
Juguemos a este juego de disimular que no nos conocemos, que no nos queremos, que no nos deseamos. 
Escribir un poema que despiste a la gente. Que les haga creer que está escrito a un olvido. Disimulándonos, encontrándonos vivos entre líneas. Sabiendo que somos real en ficción. Que somos el encendido de un amor silenciado. 
Y releemos en noches de soledad, a oscuras y distanciados. Latiéndonos en prohibido. 
Y al encontrarnos en el poema de encuentro, dejará la habitación de sentirse fría y llana. Y dejaremos que la corriente de las palabras inunden nuestro cuerpo en sequía. 
Nos tocaremos en silencio, entre métrica y rima. Entre sueños y olvidos. En ficción y lejanía. 

2.12.15

La caprichosa muerte enamorada.

Pensar cuán patética es la vida, que se derribe y se hunde. Se aleja y desaparece. Poco a poco. Se transforma en pájaro, y vuela.
Se vive, se desvive, y no regresa.
Pensar que has venido para borrar tu propia huella, como una marea que llega para perderse, para borrar tu rostro de la arena.
Y se va tan lejos que se ensordece el eco de tu nombre.
Se callan las sinfonías para dar paso a los graznidos y los requiems.
Te embarcas en el viaje del olvido, con vértigo horizontal a tocar el horizonte.
Naufragas en la inexistencia, te agotas de intentar recrearte. Falleces en el interrumpido sonido de un latido desgastado, que dejó de cantar.
Llega el invierno de tu fin. Y la última hoja del otoño se dejó enamorar por la caída del minutero del reloj, que ya marca medianoche.
Y tus sueños se quedan sin soñador. Y se hace sequía el oasis de tu alma. Se fabrican telarañas entre las pestañas que ya no se abrirán.
Pensar en la despedida agota.
Consume la cordura y la paciencia de esperar nuevas sensaciones.
Te preparas para correr por tu vida y vivir al fin. Correr a compás del tiempo, en su mismo paso.
Pensar que ya comenzaste tu partida, y que no hay paso que vuelva atrás.
Entraste en juego, cada vez más cerca del final, donde se encuentra la muerte enamorada de tí. Esperando, impaciente, que te acuestes con ella y que la hagas sentirse tan viva como tú te crees estar.
Inmortal. Já! Nunca lo fuiste. Y tu arena se convierte en vapor, escapándose de ti.
Sí, te evaporas. Te consumes y llegas a tu inexistencia. No hay más.
O sí. Claro que sí. Aún la muerte te señala desde lejos, quedando el espacio suficiente como para poder bailar y saltar y besar y soñar.
Es tu momento. El único, porque, ¿recuerdas?, nunca hay marcha atrás.
Eres tú y ahora, bailando sin parar.
Hasta que la risa duela, hasta que el amor escueza, hasta que soñar se haga tu realidad.
Porque es verdad que la realidad no existe. No eres tú. Tu vida es prestada, y llegas tarde a la devuelta.
Déjate llevar. Vuela libre, y jode a la muerte que muerta está. Dale envidia, que tú sientes y ella vive en soledad.
Es tu cielo, tus días, tu esencia. Déjate ser. Pero sin olvidar que toda partida se acaba, que tu vida es prestada, y que la caprichosa muerte enamorada no parará hasta besarte el alma.