10.10.13

¡Pasajeros al tren!

Una lágrima cayó desde la luna hasta su corazón. Paseaba sola con su sombra por la noche. No necesitaba compañía ni melancolías ni serpientes en el corazón. Volaba tras un sueño, tras la ilusión de unos ojos en la oscuridad. No era por la compañía, era por el sentimiento, por no estar vacía. Pero esa mirada fija en la suya tardaba en llegar, y ella ya estaba llegando a la estación.
La luna la seguía desde el cielo, y le iluminaba el camino que debía de seguir.
Sus pasos cada vez eran más cortos y lentos, pues no se quería ir con el llanto de la soledad.
Soñaba con que la sacaran a bailar en el vals del olvido, en el tango de la vida, en la rumba que sabe enamorar. Pero aún no tenía el pelo recogido y los tacones dormían en el armario.
El silencio le cantaba al oído, y las estrellas la escuchaban respirar.
Un aliento de desaliento la ocultaba de los recuerdos de la víspera del ayer.
Su pelo se enredaba en el viento y en los fantasmas de las sonrisas pasadas.
Y ya se veían las vías, y la maleta seguía vacía. Oscuridad y silencio, silencio y oscuridad. Una respondía, la otra lloraba, y un aullido de desesperación se escuchaba en la estación.
Las lágrimas encontraban su camino entre las motas de polvo de un suelo descuidado. Olvidadas entre pisadas.
Y era una noche fría, y no tenía nadie que la abrigara.
Ella comprendía que las flores se marchitan día a día, y una vez decaídas, ya nadie las compraba. Y eso le escupía el espejo a la cara. Ya no era la que era.
La lluvia mojaba un corazón en ruinas. Y las tormentas le declararon la guerra al alma.
Ya llegaba el tren, y los hijos que nunca tuvo lloraban al fondo de las vías. La despedían burlándose de ella.
Y levantó la mano para pararlo.
Se llevaba con ella el recuerdo de un colchón vacío, de un deseo insatisfecho, de unas caricias desconocidas, de un constante llanto en el pecho.
Y el tren se paró, y recogían pasajeros. Y nadie iba subido. Y nadie la despedía en la estación. Y ni siquiera la luna lloró cuando soltaba su último suspiro.