Lo tengo al lado y no sé cómo actuar. Me llega su olor, como una droga que hace a mi cabeza estornudar aquello que algunos llaman locura.
Me siento bien a su lado, tranquila, segura, y sobre todo, feliz.
Tampoco es mucho tiempo el que ha pasado desde aquella primera mirada, tampoco es mucho lo vivido comparado con lo que llevamos de vida sin conocernos, pero todo tiene un principio, y se crea lentamente sobre una base que nació de un segundo en especial. Nada nace de la nada, ni de la mitad del tiempo.
No coincidimos en todo, pero tampoco es malo. Al contrario, a pesar de tener algunas diferencias, no nos importa, y eso me gusta.
Tiene una sonrisa que hace de medicina para mi alma. Sin exagerar, es preciosa, como sus ojos oscuros en los que me pierdo, como su voz, como él... .
Y sus besos...¡Qué decir de sus besos!. Son suaves, tiernos, con el corazón. Besos con aroma a café, a recuerdos acumulados en los dos.
Y cada día con él es un regalo, un día donde me siento bien, y en el que no falta la sonrisa en mi cara ni el brillo en mis ojos.
Y cada día sin él es una realidad absorbida por la miseria de un día sin su voz, un día donde las sombras me persiguen por cada rincón, recordándome que no hay nadie que me abrigue hoy. Pero es una forma de dejar que las ganas de vernos hagan piruetas alrededor de nuestro sentido común, y dejarnos ver que nos echamos en falta.
Me dejó en blanco con la primera mirada, me bloqueó con la primera sonrisa, pero me conquistó con su forma de ser.
Dos mundos separados por un mar. Dos culturas muy diferentes. Dos almas que encajan, como los abrazos que me da. Una persona. Dos corazones latiendo al compás de nuestros besos. Millones de estrellas que nos abrazan desde el cielo. Un sueño, un destino, un futuro imaginario, donde él es el centro.