29.5.13

El cubo de las vidas perdidas.

Nació de entre la arena del desierto, tostando su piel al sol. Un suspiro de desaliento y una lágrima en el corazón. Allí estaba, entre la luna y las estrellas, intocable por la soledad y la tristeza. Pequeño, desprotegido, como un pájaro a la cola del huracán, pero de espíritu fuerte y valiente.
El pelo negro como el carbón bailaba al son del viento que se llevaba sus sueños. No pedía mucho al destino ni jugaba a contracorriente. Soñaba con el alma del niño que era, pero con las esperanzas y los deseos de aquel que conocía el juego de la vida. 
Recorrió el desierto, el cielo y el mar a través de un mapa y siempre quiso conocer más allá de la luz del alba. Corría tras la última estrella de la noche que se escapaba de sus manos. 
Las piedras del camino le hizo madurar y ser más fuerte. 
A veces olvidaba cual era el sueño que perseguía, pero la luna se lo susurraba entre llanto y llanto. Se dejaba guiar por las olas del mar y no siempre llegaba a tierra firme, pero aprendió que en toda orilla hay algo especial. Empezó a valorar lo que la marea le traía a la isla desierta de su soledad. Algunas cosas bellas, otras no servían; puede que alguna vez solo le sirviese para entretenerse entre oscuridad y oscuridad. Pero comenzó a aburrirse de la basura que el mar le arrojaba, y se hacía notar en su mirada. Ya no era aquel niño que soltaba suspiros para volar más alto; se había hecho mayor.
Cada vez veía su camino más gris, rutinario, aburrido y desbocado. Pero estaba de suerte. La estrella de los sueños se enamoró de sus ojos oscuros y profundos, de su gran corazón, y quiso regalarle una delicada flor del desierto. Y al despertar, allí estaba, en la ventana brillando como si fuese intocable, latiendo con su propio corazón y con sus ojos clavados en él. Corrió tras ella por la autopista de su utopía, intentando alcanzarla. Pero ella tenía alas de seda, y tan solo se dejaba llevar por el viento. 
El chico de piel morena cayó por correr en contra de la brisa que le provocaba el miedo, pero siempre levantaba y seguía el perfume de su flor. 
Era la hora de no rendirse, de atrapar entre sus manos de cristal la luciérnaga que alumbraba su camino, y decidió navegar tras ella. Por una vez el viento no le daba en la cara, sino que se unió a él, haciendo volar las velas de su velero hacia donde le guiaba el corazón.
Y de tanto correr se chocó con el horizonte, y la oscuridad de la nada le saludó. Peligraba ante el abismo y de morder el anzuelo de Satanás. Pero entonces llegó, convirtiéndose en la cicatriz de la herida de su corazón, como si fuese la luz de la ilusión que cura al que está perdido. Ella le miró, él le sonrió, y su mano le agarró con un temblor seguro, salvándole de caer en la boca del lobo, de caer en la muerte de la vida.
 Y sus labios se rozaron, y sus alientos se encontraron, y el alma abrazó al alma, y dos caminos se hicieron uno en el cubo de las vidas perdidas.