-Entonces, ¿hay trato?
-Claro. Sabéis que soy capaz de
lograrlo. No quiero que me subestiméis.
-No esperábamos otra cosa de ti. Te
daremos el pago tras realizar el trabajo.
-De acuerdo. Ahora, largaos, quiero
trabajar tranquilo.
Los dos obispos se retiraron de la sala
y lo dejaron solo. Sabía que era un gran reto que otros muchos no
quisieron aceptar, pero él era superior a ellos. Lo sabían todos, y
él también.
Se enfrentó a lo que sería su nueva
obra de arte. Su nuevo mérito. Todos hablarían de su trabajo y de
él, una vez más.
El dinero era importante, claro, y la
cantidad era muy elevada, pero lo que más ansiaba era ver hasta
dónde podía llegar, cuán capaz era de expresarse y mejorar sus
técnicas.
No tenía miedo a realizar un mal
trabajo, pues sabía perfectamente que no sería así. ¡Por favor!,
no era más que el grandioso Miguel Ángel, el artista más
reconocido de Italia en sus tiempos.
Contempla el bloque de más de cinco
metros de altura de mármol que tiene ante él, algo dañado por el
intento de esculpir sobre él otros escultores. En su mente comienza
a trazar líneas imaginarias de lo que será su obra. Comienza a
darle forma al bloque, sin tocarlo. Ve la mirada del personaje que va
a realizar, sus músculos perfectamente marcados. Un cuerpo
insuperable, capaz de enamorar un corazón.
No será fácil, ni un proceso rápido.
Pero tiene el tiempo que desea y ganas interminables de comenzar y
acabar con el proyecto.
Una vez que ya tiene la forma de su
escultura en la cabeza, se enfrenta al mármol sin forma determinada.
Su talento y seguridad es tal, que ni siquiera realiza un boceto, una
figura de cera o de yeso a escala real, como solían hacer otros
escultores de la época. No necesita perder el tiempo en esto, sabe
qué quiere y cómo lo va a hacer, su único boceto está en su
cabeza, en su talento de nacimiento.
Suspira hondo y con un “comencemos”
ordenado solo para él, comienza a proyectar en el frío mármol la
imagen de su mente.
Empieza por la cabeza. Es una altura
considerable, pero el vértigo no le llama, pues está completamente
metido en su trabajo, sin mirar a su alrededor, sin apartar la mirada
del mármol de carraca.
Una mirada penetrante, segura. Un
rostro de un hombre fuerte, tenso por la acción que va a realizar.
Miguel Ángel, con el sudor en la frente, sigue tallando la cabeza de
la figura.
Alguien entra en la estancia, pero
Miguel Ángel no deja el cincel, no aparta la mirada.
-Señor, ¿necesita algo? ¿ayuda?-
pregunta un pobre joven mandado para satisfacer las necesidades del
maestro. Este le trata con el mayor respeto, e incluso con miedo,
pues sabe cual es el carácter del escultor.
-¡Largate, estoy trabajando!- su grito
llena la estancia y atemoriza al chico, el cual sale corriendo del
lugar.
Pasan los días, los meses... . Miguel
Ángel sigue con el cincel en mano. El cuerpo de la escultura
mantiene una diartrosis muy acentuada, un cuerpo perfecto de un joven
fuerte, valiente. El contrapposto refleja su serenidad y su estado de
seguridad. Sabe que es fuerte, que va a vencer, al igual que el
escultor sabe que su obra será muy reconocida y admirada.
Al cabo de dos años, Miguel Ángel
admira su obra desde el suelo. Es una escultura monumental, hecha
para admirarla. El David representa la seguridad, la tensión, la
fuerza de un hombre joven dispuesto a luchar y a vencer. Su cuerpo es
perfecto, aquel que el escultor sueña con poseer. Lo admira desde
todas los puntos de vista posible. Si, realmente bello.
Dejando al David sin Golliat en la sala
a solas, se aleja poco a poco para anunciar el fin de su trabajo.
Cuando los papas comienzan a llegar a
la estancia y se acercan poco a poco, desde el pasillo que da a la
sala contemplan una figura en el centro de la puerta. Ven un cuerpo
de espalda perfectamente tallado y pulido. Una espalda musculosa,
unos glúteos fuertes y unas piernas poderosas.
Cuanto más se acercan, más se
maravillan.
Sitúan tal obra en la Piazza della
Signoria. Allí la rodea multitud de personas curiosas que desean con
ansia conocer el nuevo trabajo del maestro. Todos la contemplan, la
admiran, desde cualquier punto de vista es perfecta. Miguel Ángel,
desde un lugar apartado y discreto de la plaza, admira su trabajo y
la impresión causada. Si, ahí está, la escultura que nadie se
atrevió a realizar terminada por él. Se da media vuelta orgulloso
por haberse superado en su trabajo. Piensa en su padre, el cual no
quería que se dedicase al arte. No, él nunca se equivocó en su
camino. Él lo sabe y ellos también.
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