La luna penetra por mi ventana,
haciendo reflejo en el agua de mi vaso colocada al lado de la botella
vacía de whisky. Hace parecer más vacía y mojada el agua que
descansa en el fondo de mi vaso, mas contrasta, dando algo de calor a
la habitación y mi vida, la ardiente chimenea a los pies de la roja
alfombra.
¿Cuántas vidas muertas encerradas en
las páginas de los cientos de libros que duermen, entre polvo, en
mis estanterías?... sentimientos contradictorios en la misma
persona, cariños regalado entre otros, y muchos abandonados a su
suerte, solos, moribundos, como yo, como mi destrozado corazón.
Desearía beber algo más de whisky y
ahogar las penas con su ardiente paso por mi cuerpo, pero la botella
está vacía, como mis ojos, secos de tantas lágrimas derramadas por
mi habitación.
No soporto la idea de haberla perdido,
de no escuchar su voz, mas aún la oigo por las esquinas de mi casa y
por los rincones de mi corazón.
Miro el reloj y, dado cuenta de que la
noche dormía mientras yo la acogía en mi soledad (pues día y noche
para mí son sinónimos de desesperación), decido descansar mi joven
y envejecido cuerpo en la cama que se me antoja extraña y lejana.
Intento incorporarme, pero no puedo. Mi
cuerpo no responde. ¿Habré muerto al fin?...no, mi corazón late y
mis sentimientos siguen vivos.
Una voz. En el pasillo se oye una voz,
un eco que conozco, un tono que echo de menos. Suena lejos y a la vez
cerca. Siento miedo, confusión, pero a la vez me siento bien, como
antes.
Susurra mi nombre.
Williams...Williams... . Cada vez más cercano, cada vez más real.
Acompañada por la voz, una imagen. ¡Es ella!, ¡Elisabeth! ¡Mi
amor!. ¡Oh!, cómo la he echado de menos, cuanto añoro sus labios,
su cuerpo, su mirada... . Es ella, sin duda.
La distancia entre los dos es pequeña;
más cerca que mi desolación está.
La luz de la chimenea traspasa su
imagen, dándole un color añadido, devolviéndole vida a alguien
muerto.
Aún susurra mi nombre. Una vez, dos,
tres... . Ha dejado de hablar, ahora tan solo sonríe. Una preciosa
pero a su vez escalofriante sonrisa.
Mi corazón por unos segundos cesa de
latir. Ella está aquí, conmigo... .
-Elisabeth, mi amor...-le hablo apenas
con un leve susurro.
Ahora sonríe aún más. Da pequeños
pasos hacia mí, apenas levitando sobre el suelo, como un fantasma.
Me acaricia mi cara con sus pálidas
manos, una caricia en mi cuello.
Su expresión cambia de golpe. No es la
chica dulce de la que me enamoré. Sus tiernos ojos se esconden tras
otros de un extraño color a muerte, su alisado rostro se vuelve en
un complicado relieve de retorcidas arrugas, sus dientes afilados
desgarran la carne con tan solo verlos.
Se abalanza sobre mí y clava sus uñas
inmateriales, como todo su ser, en mi cuello. Acerca su monstruoso
rostro al mío, desencajado por la escena. Abre sus labios, clava sus
tenebrosos ojos en los míos cansados, y grita. Grita más de lo que
nunca escuché. Un grito agudo, muy agudo, como el chirriar de una
puerta metálica, pero elevando la intensidad.
Ese sonido penetra en mis oídos
llegando a mi cerebro, el cual no aguanta el sonido y desconecta,
quedándome inconsciente en el sillón de mi abandonado cuarto.
Mi mente no deja de ser un agujero
negro que me va consumiendo por dentro hasta hacerme desaparecer, y
ya no queda casi nada de mi existencia. A mi lado está ella que se
burla de mi desaparición. Emite unos ruidos guturales que se hacen
pasar por una extraña risa. En su mano sostiene mi humilde corazón
que fue engañado por su aparente inocencia. Lo aprieta queriendo
exprimir la más mínima gota de sangre, que ya no recorre mi cuerpo.
Este agujero sin fin que comenzó en el centro de mi pecho, no deja
rastro de mí. Ella me lanza el corazón inerte y se aleja en la
oscuridad de mi mente.
Cuando despierto sigo en el sillón. El
día sobrevoló mi casa, sin querer dejarse ver. La chimenea se
consumió cual suspiro de mi agotada y dañada alma.
La cabeza me da vueltas. Recuerdo la
imagen de ella jugando y lanzándome mi corazón. Me toco el pecho y
ahí está, latiendo sin sentido, sin ganas, vacío de emoción y de
sentimientos.
Levanto con poleas imaginarias mi
derrotado cuerpo y me dirijo a la estantería para intentar abastecer
mis largas y rutinarias horas con alguna historia que algún autor
deseó que disfrutara con sus relatos.
Cuando observo detenidamente y le quito
el polvo a los cantos de diversos colores de mis libros, encuentro
entre ellos un antiguo puzzle que no tiene una imagen clara de lo que
quiere que realice, pero me vende distracción durante largo tiempo.
Lo recojo entre mis manos y le limpio el polvo de la desgastada caja
de cartón que contiene las piezas.
Desalojo mi escritorio de aquello que
me pueda molestar en mi siguiente faena y destapo el juego de mesa.
Paso unas horas descubriendo que pieza sigue a la otra hasta que
comienzo a encontrarle una formas más o menos concreta a la imagen,
y para mi asombro compruebo que tiene un gran parecido con la
habitación en la que me encuentro. Aparece una figura de alguien,
que aún no encontré la cara entre tantas piezas que contiene, en el
centro. A su izquierda, en el fondo, aparece una ventana con unas
cortinas de la misma tela que la mía, pero aún no he terminado de
poner el interior de esta. Al otro lado mi estantería. Me llama la
atención la imagen, pero sera algún puzzle personalizado que
alguien me regaló y olvidé su existencia entre mis paredes.
Sigo con las pocas piezas que me
quedan, con más interés cada vez por acabarlo y ver la imagen final
de este cartón impreso. Encuentro las piezas que hacen referencia a
mi cara. Estoy mirando a la mesa, como ahora. Concentrado en una
tarea que no comprendo bien cual es. Mi corazón late rápido y mis
latidos se escuchan en mis oídos, ahogando todo ruido existente a mi
alrededor.
Ya tan solo me quedan situar esas
piezas que hacen referencia a la ventana. La última que me queda por
encajar es la que refleja una sombra. Me acerco para ver si puedo
llegar a descifrarla. Parece una mujer ahorcada. Sus rasgos son
semejantes a los de Elisabeth. Tiene la mirada desencajada y el
cuerpo lánguido. Asustado, retrocedo hacia atrás un par de pasos.
Miro de reojo la ventana y veo una sombra tambaleándose al son del
viento. Aterrorizado más que antes busco consuelo en el puzzle, pero
este tiene un pequeño cambio. Algo que me hace estremecer. La figura
de la mujer de la ventana, cuyas finas características me recuerdan
a Elisabeth, ha cambiado la dirección de su mirada Antes miraba
hacia abajo, ahora me mira fijamente, con una mirada de rencor,
dirigida expresamente a mí. Miro a la ventana, esta vez
directamente, y allí está, el cuerpo de la imagen, el cuerpo de
Elisabeth mirándome desde la fría oscuridad de la noche exterior.
Su sereno rostro vuelve a reflejar a aquel monstruo que me aterrorizó
y volvió a gritar con ese agudo grito desde el otro lado del húmedo
cristal. Comienza a golpear fuertemente el cristal hasta romperlo;
Surge una fuerza emanada de ella con tal intensidad que me obliga a
dirigirme hasta ella, contra mi voluntad. Una vez en frente me hace
caer por la altura del segundo piso de mi solitaria y maldita casa,
dejando mi cuerpo inerte en el vivo suelo, que me acoge entre su
dureza y frialdad, quitándome la vida que un día guardaba como un
tesoro, pero que últimamente se debilitó como una enfermedad apaga
a cualquier anónima vida. Hago mi última reflexión sobre el
interés de mi amada por destrozarme por dentro y por fuera de mi
ser, y aún no encuentro la respuesta, pero ya no me queda tiempo, y
sobre el manto de sangre que calienta mi fallecido cuerpo lanzo mi
último suspiro.
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