Sabíamos que la vida nos perdonaba los abrazos congelados, los besos olvidados, las pasiones en reposo.
Y también sabíamos que el tiempo se hacía nuestro y que las fronteras se destruirían tras nuestros pasos.
Sabíamos que la vida y el mundo nos pertenecían, y que el contexto dejaría de separarnos para crear amaneceres y fundir universos.
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