29.10.12

Mi enemigo es la distancia

Sentada en el salón de mi casa, me di cuenta de que aún le echaba de menos. No sé el por qué ni el cómo, pero era así.
En mi día a día habían muchas cosas que me recordaban a él. Su sonrisa, su voz, su acento, su mirada, sus manos, su cuerpo, su sabor, su olor..., me perseguían a donde quiera que fuese. Y eso era una tortura para mi, pues sabía que no volvería a verle jamás.
La agonía me perseguía por los pasillos, y mi razón cada vez era más débil.
El olvido aún no era amigo de mi soledad, y yo ya  no sabía que hacer.
Era una obsesión nacida del escaso tiempo de un fugaz romance a la orilla del mar, con la luna de testigo y una indeseable despedida como punto y final.
¿Y qué le hago si aparece en mis sueños?. No puedo controlarlo, y así todo el esfuerzo que hago durante el día por no pensar en él, se desvanece, como las lágrimas en mi soledad, en un instante.
Podría cruzar el mundo. Viajar como siempre soñé. Con el corazón por bandera, siendo agitado por la poca cordura que me queda. Así lo buscaría, y volvería a besarle callando de esta manera, al fin, los gritos de mi desesperación.
Pero todo queda en proyectos sobre el aire, que se derrumban cuando vuelvo a mi cama sola y fría, recordando cuando nos fundíamos en la arena, con el aroma a mar mezclándose con nuestros olores.
La melancolía hace de despertador, y mi pena me consuela de la ausencia de su cuerpo a mi lado. Ya no hay besos que me despierten ni latidos que me hagan soñar.
Pero aun confío en que, al otro lado del mundo, su corazón siga pensando en mí y sus labios ardan por besar los míos. Y así, aunque jamás estemos en frente el uno del otro, nuestros recuerdos seguirán vivos y nuestros corazones abrazados en la distancia.

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