25.11.16

Y nada más.

Los comienzos siempre son bonitos. Los nacimientos siempre marcan. Al igual que el segundero del reloj que te acerca sutilmente a las despedidas.
Los puntos y finales. Esos malditos que trasladan el silencio como manera de expresión. El eco de los latidos que parten hacia ninguna parte. Hacia ningún horizonte dispuesto a dejarse alcanzar.
Pero como los más fugaces de los cometas, siempre quedan estelas, en el cielo y en el mar, en el corazón y la memoria. Estelas que dejan de brillar con la cura del tiempo, con el vinagre que cicatriza o las canciones que te hacen naufragar sin necesidad de alcanzar tierra.
Volver al principio nunca fue bueno, ni normal. Anomalías de utopías que se enfadan con la realidad. ¡Deja de ser tan frívola y déjate volar!
¿Hacía dónde? La salida de emergencia no se ve cuando las palabras se atragantan en los intensos sentimientos desbocados que no dan razón a nada. Ni a nadie. Ni siquiera a una misma.
Para qué. Si los caprichos siempre se salen con la suya.
Hacerse sombra y no volver a mirar hacia atrás. ¿Solución o destrucción?
El silencio solo acompaña a la ausencia. Y de la mano no deja que nada se interponga, ni se ponga, calentando camas ajenas.
Las sábanas fantasmas de lo que un día llegamos a ser. Ahora se dejan secar al viento del desengaño. Sin dirección ni control remoto. Sin autopistas por las que correr ni cielos a los que alcanzar.
Y si quieres ser fantasma, deja de aparecerte. O estás o dejas de estarlo. Pero este tira y afloja que deshoja la intensidad de los latidos dejó de ser divertido desde que el espejismo de mis pupilas no reflejan tus miradas.
Y por dejar de temblar, todo se dejó de ser. Ni susurros, ni cuerpos, ni caricias, ni pieles que se erizan. Silencio. Y nada más.

Si gritas al más profundo de los pozos solo te devolverá el eco de tu nombre.


...y nada más.  

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