Los comienzos siempre son bonitos. Los
nacimientos siempre marcan. Al igual que el segundero del reloj que
te acerca sutilmente a las despedidas.
Los puntos y finales. Esos malditos que
trasladan el silencio como manera de expresión. El eco de los
latidos que parten hacia ninguna parte. Hacia ningún horizonte
dispuesto a dejarse alcanzar.
Pero como los más fugaces de los
cometas, siempre quedan estelas, en el cielo y en el mar, en el
corazón y la memoria. Estelas que dejan de brillar con la cura del
tiempo, con el vinagre que cicatriza o las canciones que te hacen
naufragar sin necesidad de alcanzar tierra.
Volver al principio nunca fue bueno, ni
normal. Anomalías de utopías que se enfadan con la realidad. ¡Deja
de ser tan frívola y déjate volar!
¿Hacía dónde? La salida de
emergencia no se ve cuando las palabras se atragantan en los intensos
sentimientos desbocados que no dan razón a nada. Ni a nadie. Ni
siquiera a una misma.
Para qué. Si los caprichos siempre se
salen con la suya.
Hacerse sombra y no volver a mirar
hacia atrás. ¿Solución o destrucción?
El silencio solo acompaña a la
ausencia. Y de la mano no deja que nada se interponga, ni se ponga,
calentando camas ajenas.
Las sábanas fantasmas de lo que un día
llegamos a ser. Ahora se dejan secar al viento del desengaño. Sin
dirección ni control remoto. Sin autopistas por las que correr ni
cielos a los que alcanzar.
Y si quieres ser fantasma, deja de
aparecerte. O estás o dejas de estarlo. Pero este tira y afloja que
deshoja la intensidad de los latidos dejó de ser divertido desde que
el espejismo de mis pupilas no reflejan tus miradas.
Y por dejar de temblar, todo se dejó
de ser. Ni susurros, ni cuerpos, ni caricias, ni pieles que se erizan.
Silencio. Y nada más.
Si gritas al más profundo de los pozos
solo te devolverá el eco de tu nombre.
...y nada más.
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