Tiene las piernas largas y una angustiosa curiosidad por saber qué le depara el destino.
Se desliza sin pausa por su camino, sin dejar que nadie la alcance, sin dejarse capturar.
Vuela tan veloz como el aire, y sueña con descubrir el obscuro mapa del destino.
Viaja sin deshacer maletas, sin hacer esperas, sin besar a nadie y sin anclarse en el presente.
Para ella, esbelta y salvaje, el pasado no es más que un juego del olvido, algo por lo que no volver la vista atrás, no más que un noviazgo de verano que jamás llegaría a ser en invierno.
Sin embargo, el presente es el puente que une las dos orillas de un río. Se cruza en un segundo y, trás sus pasos, se hace cenizas para nunca regresar.
Por eso siempre le interesa el futuro, a donde se aventura con ojos divertidos y una sonrisa pícara que ilumina el final de la calle que nunca llega.
Dejó muchas personas atrás, pero no le importa. Ella tiene una carrera infinita que nunca llegara a acabar.
Y sigue susurrando al aire, galopando sobre sus pies. Vuela como un pájaro decidido a nunca volver tras alzar el vuelo.
Por allí donde se cruza con miradas, todos la echan de menos, ya que nunca baja en la parada, y se dan cuenta que llega para deslizarse y escaparse como la arena entre los dedos.
A ella la llaman tiempo, y todos la quieren atrapar, pero nadie sabe que nació para deslizarse y escaparse, como la vida en un suspiro.
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