El tiempo se escapa de entre mis dedos, y yo no hago más que convertir este cigarro en cenizas, más que ayudar al mundo a convertirse en polvo.
Mis ideas no se materializan y mis metas desaparecen en el desafío del
olvido.
El café se enfría en mi taza de frágil porcelana, y la televisión no deja de sorprenderme con programas basuras.
A mi lado, un sucio guión desgastado da vida a personajes perdidos en una dimensión donde todos conviven. Un personaje tiene mi nombre, aunque aun no soy yo. A veces, cuando el hastío me visita, doy forma a
este ser inmaterial, moldeo sus emociones e intento soplarle para hacer que viva en mí. Al fin y al cabo ese es mi trabajo: dejar mi esencia en un escenario. Por la ventana contemplo la rutinaria vida de la gente al pasar. Siempre con prisas para ir hacia ningún lugar. Y no hago más que pensar en el sentido de la vida, en la prisa de cada segundo por llevarnos a la muerte... . A veces estos pensamientos me motivan para aprovechar cada grano de arena del reloj de nuestra existencia, y así poder disfrutar de esos pequeños detalles que le dan color a mi día a día; en cambio, otras veces, estos mismos pensamientos me encierran en mi propio cuerpo, haciendome caer por un abismo insondable, donde me hacen compañía los motivos para acompañar a mis noches con la ausencia de la nada.
Son en estos momentos cuando llueve sobre mojado dentro de mi casa. Aguaceros de dudas y melancolía caen sobre mí, y no puedo cubrirme. Y no, no es por una espina de una rosa clavada en mi corazón, simplemente es por ver como se pierde el tiempo en el minutero de mi reloj de pared, que no deja de crear un extraño eco en los solitarios rincones de mi cabeza. Un tick tack con tiempo limitado que no cesa. Intento inmovilizar el tiempo en una gota de agua en el cristal, en un espejo manchado de falsas apariencias, pero no me puedo engañar, no hay nada que haga retener mis años a la merced de mi voluntad.
Y me contemplo vagando por mis pasillos, como un alma en pena, solo que con vida y color.
Pero esto tan solo son los momentos en los que miro a los ojos a la realidad, en los que me vuelvo valiente y me enfrento a la única verdad: que el tiempo pasa, y nada podemos hacer.
En cambio, cuando me acobardo y no soporto esta idea, es cuando sonrío ante el espejo y me veo joven, con fuerzas y capacidad para aprender todo aquello que la vida nos aguarda; cuando me ilusiona esconderme tras el vestuario y los pensamientos de un personaje de guión, y gritarle a los fantasmas de mi casa que mi muerte me esperará tras la esquina, que aun me queda mucho por andar, que soy prematura en la experiencia de vivir, que no me puede arrebatar más tiempo del que nunca tuve. Así que me quito el polvo de mi cuerpo y salgo a iluminar las aceras con mis hechos, a convertir en mío aquello que me proponga, a luchar contra la corta vida que tenemos, a intentar dejar tras mis pasos unas huellas inborrables sobre los escenarios de la vida. Siempre con un paso firme, constante y elegante.
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