El viento acaricia tu pelo, choca en tu chupa de cuero y te susurra 'precaución' al oído. El asfalto quema al contacto con las ruedas, proporcionando energía al ambiente y esa sensación de libertad.
El paisaje es un factor muy importante en el viaje...campos de girasoles que deslumbran al sol, lagunas de aguas turquesas que sirven de espejo al cielo infinito..., aquello que hace que una carretera sea especial.
El sol deslumbra en el cristal de la visera, tus manos tienen el control, sientes la velocidad que te incita a correr riesgos, a ser avaricioso con la adrenalina y dejarla volar hasta extremos infinitos. La razón te controla, los límites te agobian. Quieres más y más. Quieres volar y sentir como tu cuerpo recibe el impacto del aire a contracorriente. El cuentakilometros sube, tu campo de visión se reduce, tu pelo se alborota y juega a enredarse con el viento, tus pulsaciones aumentan y tus pensamientos se desvanecen junto con el paisaje que dejas atrás. Deseas correr más, hacer arder la carretera. No es el destino lo que importa, es el viaje, lo que te hace sentir. Inclinas tu cuerpo hacia delante, dejando acariciar al aire tu espalda, creando la sensación de despegar del suelo. Te hace sentir fuerte, poderoso. El suelo a tus pies y tu cabeza en el cielo. Tu respiración se excita, tus pulmones se llenan de aire puro...aire de montaña.
Las piernas te tiembran, pero las controlas, las dominas.
La moto y tú formais una unidad...tu compañera de viaje, tu amiga, tu máquina de sensaciones.
Llegas al fin del trayecto por hoy. La moto suelta su último suspiro y duerme aparcada en algún lugar de la sierra. El suelo se te hace extraño, desconocido...tan firme, tan estable... . Contemplas el lugar. Relajas la mente y el cuerpo.
Sientes un vacío extraño al dejar atrás a tu compañera, pero no es por mucho tiempo, aún queda realizar el regreso a casa. De nuevo la carretera, de nuevo el viento y las alas desplegadas... .
Y tú, ¿te atreves a sentir la velocidad?.
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