Valentina, casi al otro lado del mundo, despierta también. Su amanecer llega horas más tarde, al igual que el café llego a Colombia (su país) muchos años después.
A Valentina le pasa lo mismo que a Azmera: el cultivo del café es su moneda para el mundo capitalista que inventaron los ricos, donde la vida no trata de coger el alimento que la naturaleza te ofrece como regalo por haber nacido, sino que tienes que ser esclava de los humanos: trabajar para coger lo que tienes al alcance de tu mano. Lo único que diferencia a Valentina de Azmera, a pesar de su piel algo más clara, es que a la pequeña colombiana no le gusta trabajar allí. No se divierte tanto, y prefiere ensuciar sus manos con la arena de la playa, más que con la de tierra de cultivo y semilla. Pero la educaron para cumplir obligaciones y no placeres, así que trabaja sin quejarse.
Algo más al sureste, en la selva brasileña, Jandiara ya recoge esos frutos rojos, y cuando los adultos se dedican a trabajar muy concentrados, o se despistan, juega con sus amigos a esconderse en la plantación. ¡Es mágico escuchar el sonido de los pájaros selváticos que viven en libertad mezclado con las voces de los niños que juegan a esconderse de los ojos con color de café!, aunque los adultos no opinan igual. Jandiara se duerme por las noches sin pensar en qué otra vida podría haber tenido si no hubiese nacido en su familia. Ella desconoce la importancia que tiene el ser hija de una persona o de otra, y más desconoce aún la avaricia del dinero. Ella duerme con la única intención de despertar y amanecer de nuevo en la plantación, para volver a esconderse de sus amigos cuando los mayores no miran.
Azmera, Valentina y Jandiara no son las únicas niñas (y niños) que trabajan en plantaciones de café en el mundo. Las tres chicas ni si quiera saben de la existencia entre ellas, aunque puede que fuesen muy amigas. Lo que une a Azmera, Valentina y Jandiara es la historia que comenzó en un amanecer en particular (aunque a distinta hora).
Era un día de verano de sabe quién qué año. El amanecer no olía a cafetera en una casa de personas que se permiten tener el café molido, sino que olía a café abandonado. Olía a un amanecer distinto.
Azmera se despierta la primera de las tres protagonistas de esta historia. Esta a punto de descubrir una crisis más fuerte que la de crack del 29. Pero aún no lo sabe. Se levanta, desayuna lo que puede, y se dirige a la plantación. Su mayor sorpresa es cuando descubre que no hay café. ¿No hay café? ¿qué maldición ha pasado? ¿quién robó el café? No, la respuesta no es que el hombre blanco robó el café; ellos tan solo explotan sus tierras y pagan muy mal el grano y el trabajo, pero no lo roban sin previo aviso y en la noche. Azmera y su aldea están desorientados, sin habla. La tierra se ha parado, ya no respira ni le late el corazón. Simplemente se deja estar. El coma de la Tierra.
Azmera mira a su alrededor. ¿Qué pasa? No hay respuestas.
Horas más tarde, en otro continente, Valentina despierta, sin ganas de hacerlo. Se lava su piel morena y sus ojos morochos. Se viste y camina a la plantación. Una plantación sin fruto. "¿qué pasa, abuelo? ¿la tierra se enfadó y no quiere dar café?". Su abuelo, mudo, no responde, solo contempla el inicio del caos.
Jandiara descubre lo mismo. Sin café no hay trabajo, no hay risas entre hojas. Pero ella no acaba de comprender que no es lo único que va a desaparecer. Sin grano no hay café tostado, no hay café molido para nadie. Y, por supuesto, no hay café procesado para los ricos en sus casas.
Es en este instante cuando el mundo se da cuenta de que el café no es tan solo una bebida caliente y estimulante para el desayuno. Es mucho más. Es la verdadera droga del hombre.
Pero observan más cosas: los que trabajan por y para este producto descubren que toda su vida es café, y curiosamente, este grano le regala hasta el color a su piel, su pelo y sus ojos.
Pasa una semana y los burros no cargan sacos de grano para tostar, los pobres no tienen fruto que recoger y los ricos no tienen café qué tomar.
Pero lo más curioso es que cuanto más pasan los días Azmera, Valentina y Jandiara sufren una transformación. Latinoamérica y África sufren una metamorfosis. Van descubriendo, en diferentes partes del mundo, que el color de su piel ya no es tan oscura; sus ojos se vuelven celestes y su pelo cada vez más claro.
Pero lo más curioso es que cuanto más pasan los días Azmera, Valentina y Jandiara sufren una transformación. Latinoamérica y África sufren una metamorfosis. Van descubriendo, en diferentes partes del mundo, que el color de su piel ya no es tan oscura; sus ojos se vuelven celestes y su pelo cada vez más claro.
Azmera se mira sus manos blancas como la gente de Europa. Valentina se asombra del daño que le produce el sol a sus nuevos ojos del color del cielo, puro reflejo del infinito. Y Jandiara se mira al espejo asombrada por sus cabellos dorados como el sol.
Pero, ¿qué ocurre? Parece que el café no es tan solo la droga de los humanos, sino también es la vida de otros, es la esencia de muchos.
Pero, ¿qué ocurre? Parece que el café no es tan solo la droga de los humanos, sino también es la vida de otros, es la esencia de muchos.
Azmera, Valentina y Jandiara nacieron de la tierra. La semilla del café se sembró junto a la semilla de aquellos que nacieron sobre los continentes excluidos por los nacientes al norte de la línea del ecuador. El café se deja de consumir. El café desaparece, y la piel se blanquea, los ojos se aclaran, y los cabellos se destiñen.
El café se llevó consigo el aroma, el olor, incluso su color. La Tierra pierde el color tostado, y juega con el resto de la paleta de tonos. La Tierra ya no es tierra. Ahora es inestable, incompleta, sin el color elemental. La Tierra ya no será más tierra.
Azmera ya no trabajará en los cultivos de café. Valentina ya no se lamentará por desnudar la plantación. Jandiara ya no reirá más entre granos.
La crisis del café se extiende blanqueando piel, ojos y cabellos. La crisis del café consume lo que queda de diferencia de razas. La crisis del café hace ver que las guerras no se crean por el color de la piel, ni que la tonalidad de los ojos advierte de que una persona sea buena o mala, ni que una persona rubia es más hermosa que una morena por el hecho de ser rubia. La crisis del café enseña moral y escupe verdad, y esa verdad es que ningún color, ya sea de piel, ojos o cabellos, marca la diferencia entre las personas. Las personas marcan la diferencia por sus hechos y no por su apariencia. Y esa es la verdad de la dichosa crisis del café: los países no son más que países, los rasgos no son más que rasgos, un color no es más que un color. La diferencia la marca la esencia y el corazón de cada uno de los humanos. La diferencia es nuestra, sin poner excusas racistas ni fronterizas. La diferencia no es por culpa del café.
No hay comentarios:
Publicar un comentario