28.1.13

Entre libros

Tus ojos se clavaron en los mios.
Fue una tarde triste, como mi melancolía.
Tu sonrisa bailaba al compás de mis latidos y tu olor penetraba por cada poro de mi piel.
Estaba nerviosa sin ningún motivo.
Aun no conocía tu nombre y ya necesitaba llevar tu apellido.
No hablabas, no mirabas más que tu cuaderno, y yo desconcentrada averiguando cómo sonaría tu voz.
Hasta que al fin tu folio te escupió a la cara la verdad: que llevaba toda la tarde planenado cómo hablarte.
Y al fin, nuestras miradas se enredaron. Me sentí desnuda por un momento, tranquila, capaz de llevarte al cielo a través de mis caderas.
Sonreíste para mi, y mi cabeza enloqueció.
Sonreí para tí, y tus simples palabras se dispararon de tu boca clavándose en el centro de mi corazón.
Ese simple "te encontré" que llevaba ensayando para mi primer amor se escuchó por todo mi cuerpo, y la valentía ardió por mis cuerdas vocales, siendo capaz de pronunciarte lo que ambos queríamos escuchar...

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