Algunos lloran en algún lugar de sus
casas, otros aprovechan los últimos minutos realizando aquello que
más les gusta, y demasiados miramos al cielo, viendo como poco a
poco llega nuestro fin.
El acontecimiento del día, del año,
de la vida del homo sapiens tocó el timbre hoy. Es la noticia que
nunca quisimos oír: el fin de la humanidad. Desgraciadamente la
tenemos que vivir nosotros.
Se acaba una larga vida, aunque la mía
en particular sea tan corta.
Ahora, en mi calle, con mi madre
llorando en mi casa y mi padre dándome la mano, contemplamos como el
meteorito “Cronack” (nombre que le han puesto a nuestra muerte)
se dispone a llegar lentamente, desgarrándonos por dentro,
haciéndonos esperar una espera eterna.
Poco a poco ese trozo de roca se acerca
más.
Los que entienden del tema aseguran no
poder hacer nada, no hay solución, acabaremos carbonizados y
mezclados con la tierra.
Siempre pensamos vivir eternamente y
nuestra ilusión llegó a su fin.
-Clara, ¿entramos?- mi padre no se
atreve a mirarme. Lo admiro. Es el que me enseñó a apreciar los
pequeños detalles, los buenos libros y que el saber te hace libre.
-No, quiero ver como se acerca.
Le miro. Una lágrima se derrama. Es un
hombre fuerte, con un gran corazón.
Sé que piensa que no me verá crecer,
que me perderé muchas cosas en la vida. Tan solo he vivido
dieciséis preciosos años que los dedique a lo hermoso de la Tierra
y a encontrar soluciones entre páginas. Más de una noche recorrimos
el solitario campo para contemplar el cielo, ese que parecía tan
lejano y ahora siento cómo cae sobre nosotros. Fueron noches
increíbles.
Huele a terror en la ciudad. Nadie se
atreve a poner las noticias, pues temen admitir que toda esta
pesadilla es verdad.
Mi corazón late con rapidez y,
sinceramente, es que estoy muy asustada, pero debo ser fuerte, como
me enseñó mi padre.
¿Cuántos amaneceres me perderé?
¿Quién sería mi primer amor? ¿Cuántos hijos tendría?...no va a
haber respuestas a mis preguntas, no va a ver una vida para mí ni
una segunda oportunidad, tan solo habrá silencio, un eterno y
profundo silencio.
Siempre quise estudiar astronomía. El
universo, tan misterioso, siempre se hizo irresistible para mi
curiosidad. Es que ¿cómo algo puede ser infinito? ¿cómo podemos
ser tan insignificantes ante lo que nos queda por descubrir?. Y nos
creímos que eramos los dueños de esto, del planeta. Pero nadie se
daba cuenta de que es un lugar prestado que tras la muerte, sea cual
sea y cuando sea, debíamos abandonar para siempre. Y hoy uno de los
hijos de lo que era mi razón de seguir investigando, se convierte en
el asesino de mis ilusiones. Parece como si tuviese celos de que
descubra un secreto oculto más allá de las estrellas. Pero no
quiero apartar la mirada de él. Antes de morir quiero tener en mi
mente como sucede todo, como se acerca el meteorito, como acaba con
nosotros. No es que sea una sádica, simplemente quiero sentir la
curiosidad, el miedo, el dolor por última vez, quiero maravillarme y
aterrarme al tener tan cerca un trozo de roca espacial.
-Vamos a dentro- mi padre tira de mi
mano.
-Papá, no quiero, quiero verlo de
cerca.
-Estaremos con mamá y con Ándres.
-¡Que no! ¡no quiero!- me suelto de
la mano de mi padre y vuelvo a donde estábamos antes.
-¡Clara!- el grito de mi padre me hace
estremecer, solo me ha gritado tres veces en mi vida y siempre por
cosas más graves que esta. Nunca me gustó que la persona a la que
más admiro me grite- Por favor, entremos- está abatido, con
lágrimas en los ojos. Sus palabras, no más que un suspiro.
No me lo pienso dos veces y corro a su
lado.
-Perdón, papá.
Se inclina sobre mi frente y me da un
beso. Seguidamente entramos en la casa.
Cuando entro, encuentro justamente lo
que no quería ver: mi madre abrazando a mi hermano y los dos
llorando.
Miran a mi padre y luego a mí. No
quiero participar en el llanto, en el terror, en la pena. Quiero
luchar contra ello. No quiero malgastar mis últimas horas
lamentándome por lo que no seré, por lo que no veré, por lo que no
conoceré. Ellos son débiles y no soy así.
Mi padre se sienta con ellos, los
abraza, los consuela. Es una escena trágica, son momentos
perturbados y de desorientación, de llanto y de dolor. Todos sabemos
que no veremos ningún día más ni nos volveremos a ver las caras.
Es duro, pero ¿Para qué lamentarse?, no sirve de nada, moriremos
igualmente.
Me dirijo a mi cuarto, no quiero
pertenecer a esa imagen inundada de lágrimas. Me tumbo en mi cama.
Lo observo. ¡Cuantos sueños acumulados entre estas paredes!.
¡Cuantas ganas de evasión!. ¡Cuantos secretos esconde mi
almohada!. Ahora me hago débil, suelto lágrimas, pero nadie me verá
llorar.
Recuerdo aquel día que mi madre y yo
fuimos a visitar el museo natural de aquí. Era un día abrigado por
las nubes, como casi todos en Londres, y yo ya había ido varias
veces a este museo, pero cada vez que iba me gustaba más.
Cuando vi aquellas copias de los
inmensos dinosaurios pensé que cómo seres tan poderosos y
grandiosos como ellos pudieron desaparecer en nada de tiempo. Sabía
que habían muerto por un meteorito, como el que ahora se dirige
hacia nosotros, pero desconocía la cadena que se formó a raíz de
esto, la que hizo que muriesen por ausencia de oxígeno. Me dieron
lástima y ahora podré vivir su muerte en mi propia piel, como si
estuviese realizando una representación irreal de su historia,
aunque, esta vez, cuando se cierre el telón mis pulmones no podrán
respirar y mis latidos cesarán.
Me imagino el futuro. Cuando una rama
del árbol de la vida inscrita en la historia de los seres vivos se
creé, aparecerán unos animales que destaquen sobre todos los demás,
unos seres inteligentes. Puede que encuentren una serie de restos
arqueológicos y los examinen, y cuando hallen resultados y tengan
nuestros cuerpos, o de los que pudieron resistir a la tentación de
convertirse en polvo y cenizas, en un museo, los más mediocre o los
más grandiosos sentirán lástima por nosotros. Otros se burlarán
diciendo algo semejante a “Miralos, si estos eran tan poderosos
¿cómo es que murieron?”. Pero que más da. Tienen razón, nos
creemos indestructibles, pero una misera roca, un cambio en el aire o
en el orden de los elementos tal y como ahora los conocemos, nos
hacen vulnerables, mortales, bajándonos para siempre de nuestro
podio de superioridad.
Me levanto de la cama y miro por mi
ventana. Ahí está, acercándose poco a poco, haciéndose esperar.
La puerta de mi habitación se abre.
Una silueta.
-Clara, vamos abajo, por favor. No lo
hagas más difícil. Mamá y Andrés quieren que pasemos este tiempo
juntos.
-¿Para qué? ¿para llorar?. La verdad
es que no quiero malgastar este tiempo llorando, ya tendré tiempo
cuando el meteorito esté más cerca.
-¡No seas insolente!. Es tu familia,
¿o es que no te importan?. Si lloran es porque realmente es una
situación muy dolorosa, algo difícil de solucionar. Y tu aquí,
haciéndote la fuerte y produciéndole más daño a tu familia.
Estarás contenta al menos, ¿no?.
Miro a mi padre. Tiene razón, no tengo
por qué creerme más fuerte y valiente que nadie. Además, realmente
necesito el apoyo de mi familia.
En el salón, la imagen ha cambiado. Mi
madre y mi hermano están riéndose. Ella, al verme, me extiende sus
brazos y yo corro hacia ellos. Me hundo en su perfume que me recuerda
a los desayunos por las mañanas, a los domingos de invierno ante la
chimenea, a la protección de mi madre.
-Te quiero- le susurro al oído.
-y yo.
-Bueno, ¿jugamos al monopoli?- dice mi
hermano destruyendo nuestro abrazo.
-Me parece buena idea- comenta mi padre
preparando la mesa y el tablero.
Y así transcurrimos el tiempo, en una
partida interminable al juego de mesa, en una sacudida de risas.
Cuando el juego acabó al cabo de una
hora y poco, mi padre encendió la televisión. Todas las cadenas
hablaban del meteorito, así que prestamos una seria atención al
asunto en una de las cadenas ofrecedoras de tales noticias.
-El meteorito Cronack se acerca con
mayor rapidez a la Tierra. Está previsto que caiga sobre la ciudad
de Londres y sus alrededores. Señores, id despidiéndose de vuestros
seres queridos, la hora no deseada está bastante cerca- las noticias
son duras.
Al enterarme que está cerca, una
fuerza interna me obliga a levantarme del sofá y salir corriendo a
la calle. Cuando ya estoy fuera un cielo rojo me recibe. Parece un
infierno celestial donde Dios es aliado de Satanás y juegan a
destruir la creación más valiosa del Rey de los cielos. Allí está,
como una estropeada estrella fugaz perdida de su camino. A esta no se
le pide un deseo, a esta no se le recibe con entusiasmo ni los
vecinos se besan bajo ella. Esta oveja negra de las estrellas fugaces
recibe miedo, pero yo la admiro. Tan solo quiere ser la protagonista
de nuestras pesadillas y nada más.
Es rápida, cual carro del alba en la
estrellada noche llega convirtiendo, a su paso, el mundo en luz.
Veo como se estrella contra la capa de
ozono, destruyéndose en parte, pero no, esta no ha podido con su
fuerza destruirla y se venga de nuestra suerte. El cielo cambia de
color y el aire de olor.
Está muy cerca, tanto que si me
subiese al tejado y me pusiese de puntilla podría tocarla. Siento la
presión en el ambiente, el llanto de la gente como un fondo musical.
Mi padre viene a mi rescate de una muerte segura. ¡Será tonto!,
todos vamos a morir, estemos o no dentro de una casa.
Cierro mis ojos y dejo que el momento
llegué. ¡No puedo!, ¡No puedo mantener los ojos cerrados! ¡Quiero
verlo y sentir como aplasta la ciudad!. Abro los ojos. Ahí está en
los tejados de Londres. Ocultando un cielo cada vez más lejano y más
alto.
-¿Te acuerdas?. Ese día en el parque
con la familia lo pasamos muy bien. ¡Cómo te gustaba las comidas
familiares!. Llevabas ese vestido blanco que tanto te gusta. Ibas
guapísima.
Una voz lejana me está contando lo que
hicimos hace dos días, antes de que el meteorito acabase con la
humanidad. ¡El meteorito! ¿No deberíamos haber muerto?, ¿Sigo
viva?. Intento abrir los ojos. Siento mi cuerpo dormido. Pestañeo un
poco pero la luz me molesta. Consigo resistir el dolor que me produce
y veo una habitación blanca, miro a mi lado y allí está, la mujer
que me contaba los recuerdos. Comienzo a ver con más claridad. ¡Es
mi madre!. Se me aclara la vista.
-¿Mamá?, ¿dónde estoy?
Veo a mi madre, más anciana, con
arrugas, el tinte de su pelo está desapareciendo por las raíces,
dejando ver sus canas. No la recordaba tan mayor.
Me mira, se asusta, no habla. Sale
corriendo de la habitación gritando el nombre de mi padre. ¿Qué
pasa? ¿tiene miedo de mí?.
Al poco tiempo entra en la habitación
junto con mi padre. También lo recordaba más joven.
Se acercan a mí y me abrazan, me
besan, lloran. ¿Se han vuelto locos?
Entra una mujer con una bata blanca en
la habitación.
-Por favor, deben abandonar la
habitación. Nuestra compañera la pondrá al corriente de todo. Es
una parte muy dura y hay que asegurarse que se hace correctamente.
Los dos afirman
Abandonan los tres la habitación y
entra otra mujer también vestida de blanco.
-Hola Clara. ¿Cómo te encuentras?
-No sé. Aturdida. ¿Qué pasa? ¿Y en
meteorito? ¿No se ha acabado la humanidad?
-Clara, sé que es duro y difícil de
asumir, pero prestame mucha atención ¿de acuerdo?, yo estoy aquí
para ayudarte. No ha existido tal meteorito. Hace veinte años
tuviste un accidente. Ibas cruzando la carretera y un coche te
atropelló. Perdiste mucha sangre, pero no te llego a quitar la vida.
En cambio caíste en un largo coma. ¿Lo recuerdas?
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